Carlos Loveira

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Corría el año 1891 cuando el niño Carlos Loveira Chirino, de 9 años de edad, nacido en El Santo, Villa Clara, vio morir a su madre, una buena mujer de extracción humilde, que se había pasado los últimos años de su vida trabajando como cocinera para una familia adinerada de Matanzas. De su padre, fallecido en 1885, apenas quedaba una sombra triste en su memoria.

Abandonó el país junto con su familia adoptiva, tomando rumbo a Nueva York, a finales de 1895 cuando apenas contaba con 13 años. El ambiente renovador que encontró entre la comunidad cubana en los Estados Unidos, lo hizo tomar la decisión de enrolarse en alguna expedición insurrecta. Con apenas 16 años, se alistó en la expedición comandada por el General del Ejército Libertador, José Lacret Morlot, zarpando de Tampa, el 17 de mayo de 1898 en el vapor Florida con más de 300 expedicionarios y desembarcando en Banes, en el oriente de la isla, el 26 de mayo de aquel año.

Testigo de excepción de aquella guerra Hispano-Cubana, que terminó convirtiéndose en guerra Hispano-Norteamericana, y de la conformación posterior de la república mediatizada, Carlos Loveira, con novelas como Los inmorales (1910), Generales y Doctores (1920) – probablemente su mejor obra, la que fotografía mejor los complejos nacionalismos de la primera república–, y otras como La última lección (1924) y Juan Criollo (1927), se convirtió, a través del naturalismo más crudo, en uno de los mejores cronistas de la realidad cubana de las primeras décadas del siglo XX.

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